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Hace apenas unos meses Alex Saab Morán, el testaferro de Maduro como también se le conoce, llevaba una vida principesca con palacios en Colombia, Panamá, España, Turquía, Estados Unidos y otros países. Mansiones donde era consentido por un tropel de sirvientes y donde nunca faltaban bellas mujeres curvilíneas y olorosas que lo consintieran. Un nuevo rico colombiano de ascendencia libanesa y con nacionalidad venezolana que amasó -en poco tiempo- una inmensa fortuna, producto del saqueo y la destrucción de Venezuela, mediante negocios sucios con el régimen de Chávez y Maduro.

Por Omar Gonzalez Moreno | Opinión

En un instante, todos esos lujos y excesos se derrumbaron estrepitosamente cuando -no se sabe muy bien porqué mecánica- el lujoso avión de su propiedad en la que viajaba, seguramente degustando abordo exquisitos manjares y finos licores, fue a parar a un modesto aeropuerto de un país africano, ex colonia portuguesa, llamado Cabo Verde.

Eso ocurrió a mediados el pasado mes de junio, fecha en la que las autoridades del mencionado país africano lo detuvieron en el mismo aeropuerto, en virtud de una requisitoria, con su respectiva alerta roja, de Interpol, acusado por Estados Unidos de delitos relacionados con lavado de dinero y pago de gigantescas sumas de dinero en sobornos y distribución de esa riqueza entre sus testaferros, todo ello procedente de la corrupción en Venezuela.

Al principio Alex Saab, acostumbrado domador de policías, militares, jueces y fiscales, se bajó de su avión con la cabeza erguida, mirando desde arriba, como hacen los ciegos, muy presumido, orondo y confiado que todo lo resolvería a punta de billetes o con sus credenciales como supuesto representante diplomático de la República Bolivariana de Venezuela. Ni por un momento pensó que esa misma noche lo meterían en un calabozo que parecía un horno de piojos y que de nada le servirían su fortuna ni sus credenciales chimbas.

Con las manos esposadas en la espalda fue llevado a una prisión que parecía más bien un tugurio por los olores nauseabundos que desprendía y las manchas de sangre en el piso y las paredes, como si alguien hubiera arrastrado una res a medio sacrificio, por el lugar.

El siguiente día, la portavoz del Departamento de Justicia norteamericano, Nicole Navas Oxman, confirmaba que la detención de Alex Saab se debía por una alerta roja de Interpol emitida por las acusaciones en Estados Unidos, en base a una requisitoria de la Fiscalía del Distrito Sur de Florida, que lo acusaba formalmente, junto a su socio Álvaro Pulido, por conspirar para cometer lavado de dinero.

La acusación indicaba que desde 2011 y hasta 2015, Saab y Pulido conspiraron con otros para lavar el producto de un esquema del soborno por más de 350 millones de dólares en uno solo de sus muchos apestosos negocios.

Según el texto, en noviembre de 2011 Saab y Pulido obtuvieron contratos para construir viviendas para el régimen y habrían presentado documentos de importación falsos para bienes y materiales que nunca llegaron, sobornando a funcionarios para la aprobación esos documentos.

Agregó que Saab también fue sancionado por el Departamento de Tesoro de EE.UU. y señalado de tejer una red de corrupción que permitió al régimen de Nicolás Maduro obtener “lucros significativos mediante importaciones de alimentos de mala calidad de los Comité Locales de Abastecimiento y Producción o CLAP”.

Luego de su detención en Cabo Verde y después de mucho patalear, Alex Saab finalmente entendió que todo estaba perdido y accedió a cooperar. Supo que ahora es una especie de bestia inservible para sus cómplices de Caracas. De nada le sirvió contratar a los más caros bufetes del mundo para que lo sacaran de aquella pocilga. No tuvo otra salida. Con la solicitud de extradición de EEUU lo pusieron en la disyuntiva de escoger entre el orden de un presidio estadounidense o la paz de los cementerios de Cabo Verde. Optó por lo primero.

En las próximas horas estará en Estados Unidos cantando, como Placido Domingo, todos los secretos de esta trama de corrupción, sin respeto por la jerarquía de sus compinches, dirá todo lo que sabe sobre las cuentas secretas del régimen, pero fuera del calabozo africano, donde se estaba pudriendo en vida.

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