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Una reconocida abogada y periodista de El Tiempo de Bogotá, relata su fortuito encuentro en Colombia con el testaferro más grande del chavismo, en un artículo titulado ‘Así conocí a Saab’.

Por María Isabel Rueda | El Tiempo

Fueron varias las ocasiones en que llegaba a parquear en alguno de mis dos garajes del edificio y los encontraba invadidos con la presencia de dos automóviles negros blindados, con cierto aire a helicópteros Arpía, de lo grandes e intimidantes. Nada en ellos era normal. Ni el tamaño de sus gigantescas llantas, ni sus siniestros vidrios polarizados ni los enormes y obligatorios letreros que portaban sobre el vidrio interior con unos permisos de circulación permanente tan categóricos, que yo no había visto jamás.

Como desconocía a su propietario, en varias oportunidades me limité a dejarle una tarjetica bajo el limpiabrisas pidiéndole respeto. En cierta oportunidad tenía invitados a almorzar en casa y, como en muchos casos anteriores, no pudieron parquear. Le pedí a mi empleada inseparable, Cristina, que bajáramos a volver a poner mis mensajes. En el momento en que colocaba el letrerito, llegó el tenebroso dueño de las camionetas: Álex Saab. Quien de inmediato empezó a agredirnos verbalmente con gran virulencia y me preguntó si me estaba atreviendo a molestarlo para parquear en mi espacio, “esa porquería de carro, ese Renault Clio”, mientras se nos venía encima con su gran estatura, y con unos ademanes terriblemente intimidantes. Como llegamos a temer por nuestra integridad física, Cristina y yo decidimos huir al ascensor del edificio, y en su interior nos acorraló para seguir insultándonos.

Esta es una anécdota sin mucha importancia; pero tal encuentro cercano y único con el señor Saab me permite describir qué tipo de individuo es.

Lo más parecido a un gánster.

Poco a poco comencé a establecer quién era hasta llegar, por información de alto turmequé, a identificarlo como el testaferro consentido de Maduro. En una cita periodística con el embajador de EE. UU., incluso aproveché para especificarle en qué lugar podían capturarlo. Pero pasaron los meses mientras reunían las pruebas y, alertado a tiempo por un policía corrupto, Saab pudo fugarse de Colombia, dejando atrás una multimillonaria fortuna que no es sino calcular a raíz de la mansión en Barranquilla que le acaban de incautar.

Ignoro si ya existe un pacto entre EE.UU. y Álex Saab para colaborar. Pero no sería extraño si escuchamos decir a Saab que teme por su vida. Los más interesados en desaparecerlo serían el régimen de Maduro y sus cómplices. Porque llevarlo con vida a EE.UU. promete una mina de información para sus autoridades judiciales. Y sería el paso más importante de los que se han dado por el momento contra Maduro, que, como muchos otros dictadores, normalmente se caen por la corrupción que los soporta, cuando se ven obligados a recurrir a ella ante su debilidad política y militar. Roban y dejan robar.

Pero después de arrasar con la industria petrolera venezolana, el régimen Maduro se ha concentrado en sacar las reservas del país en lingotes de oro del Banco Central de Venezuela. En todo ese entramado, Saab ha jugado un papel protagónico. Sus líos con la justicia no tienen que ver, pues, con la ideología, sino con los negocios.

Por eso el aterrizaje en Cabo Verde, en la batería de defensa de Saab, del exjuez español Baltasar Garzón permite ver toda la película. Este corsario jurídico internacional en decadencia intentará por todos los medios ideologizar un episodio de corrupción. ¿Terminar así una carrera de juez que tuvo sus momentos estelares, al servicio del testaferro de un dictador corrupto? Increíble.

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