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Poner una caja CLAP en la sala de tu casa y pensar qué hay detrás de ella no es un ejercicio que haga todo el mundo. Pero es lo que ha hecho, entre otras cosas, Paula Vásquez Lezama* como parte de sus investigaciones en el campo de las ciencias sociales.

Por Hugo Prieto | Prodavinci

También ha hecho trabajo de campo, entrevistas en el terreno, porque si queremos entender lo que ocurre en el país, no podemos hacerlo leyendo la solapa de los libros. Ése es el tema de la conversación periodista que resumo en las líneas que siguen. No hay concesiones ni lapsos para lamentos y lloriqueos. Pero sin saber quiénes somos y de dónde venimos no vamos a llegar a ninguna parte.

Actualmente hay una gran desconexión entre la gente y la política, entre la gente y los partidos políticos. Una consecuencia visible es la parálisis, el inmovilismo de la sociedad venezolana. ¿A qué obedece esa actitud, esa conducta, no sólo antropológica sino diseminada a lo largo y ancho del país? 

Creo que obedece a dos cosas que van juntas. Es el resultado de una serie de políticas públicas del chavismo, que fueron creadas, justamente, para que no haya cohesión social, para no generar intereses en la sociedad y que cada uno se las arregle como pueda con unos individuos que dicen ser el Estado, pero que en realidad lo único que defienden son sus intereses. De lo que se trata es de un sistema en el cual los venezolanos están, básicamente, abandonados por el Estado, cuya misión no es el bienestar, el bien común, sino otra cosa. Tampoco podemos hablar de biopolítica, tal como la entendía Foucault (una forma de ejercer el poder mediante el control de «las necesidades biológicas» de los individuos), lo que ha habido es una intromisión en esas «necesidades» para dominar de la manera más brutal, tal como ocurre en Cuba o en Corea del Norte. Lo vemos con el manejo del covid-19 y la salud pública. Es mentira que haya una política de salud pública, de lo contrario hubiera protección al personal de salud, distribución de agua y de material de bioseguridad. Y más aún: acceso a las cifras epidemiológicas. La segunda cosa que el chavismo logró imponer es un sistema en el cual no hay confianza en el Estado, en las instituciones, incluso en nuestros familiares y amigos. Esa crisis de confianza fue creada para que la gente le juegue al mejor postor. Entonces, tú le juegas al Estado para que te dé la caja CLAP o te transfiera un bono.

Has hecho un diagnóstico, digamos, pero eso no explica la falta de una respuesta de la sociedad venezolana ante al desmantelamiento de las políticas sociales y los mecanismos de control. 

¿Una respuesta de resistencia?

No. Diría, más bien, una acción para contraponerse a esta política deliberada. Y como no la ha habido, el chavismo se encontró con una ruta sin obstáculos. No ha habido costos políticos. Voy más allá: no hay costos de ninguna índole. 

¿Sí? Yo no sería tan tajante porque hay diferentes planos. Me voy a referir a un caso que a mí me resulta paradigmático. Se trata de Franklin Brito. ¿Qué recordamos de él? Su huelga de hambre y, justamente, su desafío a la expoliación de la cual fue víctima, que terminó pagándola con su vida. Pero si vamos más allá, Brito proponía un modo de producción agrícola que desafiaba los intereses de quienes negociaban con las semillas, con los pesticidas. Entonces, de alguna manera, Brito puede encarnar el caso de muchos venezolanos que, aunque quisieran, aunque demuestren compromiso, saber y buena voluntad, hay algo con lo que siempre vas a chocar: el hecho de que en Venezuela no hay justicia, de que hay un problema de violencia.

Quisiera corregirme -formular la pregunta de otra manera-, porque ciertamente incurro en falsedad cuando digo que el chavismo no ha encontrado ningún obstáculo. Si cabe una comparación con lo que sería un negocio, diría que el chavismo ha obtenido la máxima ganancia de esa política. ¿Cuál es su opinión? 

El chavismo se introdujo en una grieta de lo que era nuestra capacidad para construirnos como un sujeto colectivo. Ahí -ya sea el chavismo, ya sea la asesoría cubana- encontró una fragilidad respecto al vínculo que tienen los venezolanos con el Estado. Lo significativo es cuán importante es esa fragilidad. Yo me pregunto, en este momento en que todas las instituciones del Estado han sido cooptadas para servir a unos intereses que no son los del bienestar, sino a unos intereses privados. ¿A quién se dirigen los venezolanos cuando necesitan o una partida de nacimiento o un pasaporte? Intuitivamente, sabemos que no es una buena idea ir a una taquilla. ¿Por qué? Porque no confiamos. Antes confiábamos poco. Hoy, nada. Creo que eso no solamente tiene que ver con la vulnerabilidad del petroestado, sino con nuestra relación con respecto a las instituciones. Entonces, estamos como impedidos, arrastramos como una suerte de hándicap, que nos impide desarrollarnos en nuestro propio medio ambiente y recuperar, por ejemplo, la capacidad, el saber, que teníamos anteriormente, para producir alimentos. Estamos desnudos ante un Estado que ha sido cooptado, que va más allá de un proyecto político ideológico. Eso es una cáscara vacía al final. De lo que se trata, más bien, es de una cooptación de unas instituciones por parte de unos privados extremadamente poderosos, de una casta, y que quizás siempre subestimamos desde la política, pero eso es otra cosa.

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