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Joel Ortega Juárez | Siempre

Hace dos años cuando triunfó Andrés Manuel López Obrador, escribí:  El triunfo arrollador de AMLO y Morena, casi aniquiló al PRI. Esa es la parte festiva. Se hizo con votos. En una elección democrática. El inmenso descontento contra una etapa de políticas neoliberales y contra la corrupción y la violencia, fue canalizado por el liderazgo indiscutible de AMLO. Sus 30 millones de votos fueron transversales: jóvenes y viejos, con bajos y altos estudios, de ingresos inferiores a 1500 a superiores a 12 mil pesos. (Milenio Diario, 7 de julio 2018)

24 meses después y con más de un año y medio de gobierno, es más vigente que entonces reiterar lo escrito entonces: Curiosamente a muchos fanáticos de AMLO, les disgusta ese triunfo democrático. Siguen añorando una ruptura “revolucionaria”. Descalifican ésta y todas las contiendas electorales, aunque disfrutan de ellas, están en primera línea de la cargada. En éste bloque están la mayoría de los saltimbanquis que se mudaron del PRD, con todo y “su ropa sucia”; los de la “izquierda”corrupta del PT y una intelectualidad doctrinaria repitiendo anacrónicos lugares comunes sin faltar todo tipo de bufones disfrazados de moneros  e historiadores.

Para ciertos “radicales” conversos al culto del Mesías, la cuestión de hoy es  profundizar y radicalizar la lucha por la “Cuarta Transformación” –imposible de  explicar por medio de sus políticas restauradoras y de sumisión al capital– pasando por encima de la “legalidad burguesa” que se expresa en la institucionalidad electoral.

Por eso justifican todo tipo de cacerías de brujas, incluso al interior de sus filas, como se ve con claridad en el asunto de la renuncia de Asa Cristina Laurell y en Notimex, por mencionar los más conocidos episodios de esa guerra fratricida, que irá subiendo de tono en Morena, ante las postulaciones a cargos de elección,  para los comicios del 2021.

Con frecuencia el presidente afirma que él será “guardián“ de los próximos comicios dado que  existen riesgos de un fraude electoral, como los que dice haber sufrido en 2006 y 2012 en las presidenciales, sin que  sepa explicar cómo bajo esas mismas reglas logró triunfar en 2018 y antes en el 2000 en la jefatura de Gobierno del Distrito Federal.

Y por supuesto en todas y cada una de las elecciones de diputados locales, federales, senadores, de gobernadores y de presidentes municipales en las cuales ganaron sus candidatos, tanto cuando fueron postulados por el PRD, partido del cual fue presidente el mismo Andrés Manuel López Obrador, y después por Morena.

En pocas palabras Andrés Manuel López Obrador, únicamente reconoce resultados electorales cuando sus candidatos o él mismo obtienen el triunfo. Cuando pierden es que “hubo fraude”.

Dicho con su estilo: al diablo las instituciones.

Cuando existe todos los días una sistemática diatriba presidencial contra sus opositores y se actúa contra muchas de las instituciones, que el presidente califica como forjadas en el neoliberalismo, conviene tener en cuenta lo siguiente:

“Un príncipe no solamente debe tener cuidado de cuanto dice en negociaciones importantes, sino que es en las conversaciones más corrientes donde  está en más frecuente peligro. Pues no debemos pensar que porque un soberano tenga autoridad para hacerlo todo tenga también la plena libertad de expresión. Las cosas que carecerían de importancia en boca de un particular, resultan con frecuencia importantes por el sólo hecho de ser dichas por el príncipe…”,  (Selección de las Memorias de Luis XIV )

No hay duda que se deben tomar en serio las palabras del presidente.

Es perfectamente probable, que ante una eventual derrota en las elecciones intermedias de Morena y sus aliados, éstos comicios sean catalogados por el presidente como fraude. Ante eso, él se erigirá en “guardián” y desconocería los resultados.

No se diga, si en la Consulta de Revocación, resulta triunfadora la opción favorable a su salida.

A lo largo de éstos dos años la conducta presidencial ha acentuado sus rasgos autoritarios.

Sus políticas han tomado un rumbo abiertamente acoplado a su Consejo Asesor Empresarial, integrado por personajes del gran capital, porque  su política de austeridad ha recortado presupuesto a la educación en todos sus niveles, a la investigación, a la cultura y al empleo.

Al mismo tiempo rechaza cualquier viraje por mínimo que sea, hacia una  reforma fiscal redistributiva, como se lo han pedido muchos intelectuales nacionalistas e incluso el presidente de su partido Morena.

Reconozco públicamente haberme equivocado al considerarlo una especie de “echeverrismo tardío”. Ni siquiera en el plano discursivo tiene la menor semejanza con la retórica “nacionalista y tercermundista“ del presidente Echeverría.

Estamos presenciando una sumisión al presidente de los Estados Unidos nunca vista.

Su visita a Washington lo coloca como una pieza más, de la campaña presidencial del republicano en uno de sus peores momentos, por sus posturas racistas ante las movilizaciones de la población afroamericana, al extremo que su propio Secretario de la Defensa impugnó su política de usar a las fuerzas armadas para reprimir las protestas.

Lo anterior y su reiterado discurso y acciones contra los migrantes mexicanos, hacen ofensiva la declaración del presidente Andrés Manuel López Obrador, al decir que tenemos coincidencias profundas con el presidente de los Estados Unidos.

Es necesario escarbar cuáles fueron los impulsos profundos que condujeron a  varios millones a votar por un personaje tan peculiar.

Por qué a pesar de sus políticas fallidas o abiertamente anti populares, mantiene el apoyo  de  antiguos  militantes izquierdistas, algunos de los cuales hoy están exhibidos como redentores millonarios o “rojos de salón”, como les llaman en España.

Probablemente estemos ante el culto al poder, al líder, al Estado, más obsceno  que haya existido en México.

Culto que conduce al peor de los cinismos, tal como lo retrata magistralmente Héctor Aguilar Camín en su libro la Guerra de Galio:

“Así es la máquina: el reino del escarmiento universal, como lo demuestra nuestro padrecito Stalin. Es la metáfora del Gran Inquisidor, ¿se acuerda usted? La destrucción del mito de que el hombre quiere ser libre y establecer el reino de  Dios en la tierra. No es así. Los hombres quieren ser acariciados o reprimidos. La frase no es mía, es de Maquiavelo. Aún así es verdadera. A los hombres les aterra su libertad. Mejor dicho: los hombres construyen sistemáticamente formas de opresión que les impiden ser libres. El Estado es la más acabada de todas, y el Estado mexicano una de sus más interesantes”.

Vía Primer Informe

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