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Para entender al presidente…

Víctor F. Ramírez Cabrera, Plataforma México Clima y Energía

Hay quien dice que origen es destino. Como persona que intenta ser racional, me niego a creer en esa versión fatalista de la vida, pero sí creo que hay cosas de la infancia y adolescencia que tienden a formar tus criterios e incluso crear mitos. Pero si además tienes un sistema educativo que entre otros objetivos tiene el de crear masas más que ciudadanos, como el mexicano, los hechos de la juventud formarán de manera mucho más fuerte las estructuras mentales del futuro ciudadano.

Y eso es tal vez lo que le pasa al ciudadano que ocupa por ahora la presidencia de la República. Alrededor de él creció en su juventud una ciudad gracias a la bonanza petrolera. En su estado, a relativamente pocos kilómetros, se instalaron también enormes complejos hidroeléctricos. En su juventud vivió la “gloria” del viejo nacionalismo revolucionario y de los monopolios estatales. Su casi nulo contacto con el exterior provocó que su mundo se encasillara entre esas hidroeléctricas y pozos petroleros, creyendo que eso era casi la única forma de desarrollo posible.

Por eso tenemos a un presidente tan limitado en temas energéticos y casado con la idea petrolera e hidroeléctrica.

Si además tenemos a un gobernante obsesionado con el poder y admirador de las eras hiper-presidencialistas, mal aconsejado por otros igual de fanáticos, encontraremos a un ser humano que entiende como única opción un estado todopoderoso y a la vez benefactor que, aunque está alejado de como funciona el mundo actual, así piensa.

Por eso es importante para él mismo (y para mantener entretenida a su base de votantes) crear su narrativa de las empresas corruptas, caras, abusadoras. Así fue educado y así lo necesita ver. Y entonces será un ciclo vicioso para el mismo.

Si el presidente dice que los privados son caros, pero las cifras dicen que eso es falso, sus seguidores intentarán crear modelos que encarezcan artificialmente o buscar algún ejemplo (probablemente lo haya) de algún contrato con costos altos, que tomará como ejemplo ignorando el 99 por ciento de los contratos con precios hilarantemente más bajos.

Si el presidente dice que hubo corrupción, pero no puede demostrarlo, quemará en la hoguera pública a las empresas, vociferará en sus conferencias, repetirá mil veces que hubo corrupción, esperando que la estrategia de Goebbels funcione.

Si al presidente le demuestran corrupción de alguien cercano que sostenga estos mitos, volteará a otro lado pensando que puede ser corrupto, pero un patriota.

Regresar al monopolio petrolero y energético se vuelve entonces su única idea, aunque al país en forma contemporánea le venga mal.

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