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Jorge Bustos | El Mundo

Los españoles ya venían preocupados, pero ahora que han visto al coro norcoreano romperse las manos aplaudiendo al timonel lo están mucho más. Cualquiera que conserve la vergüenza y el criterio no ve en la imagen del recibimiento -¡advenimiento!- en Moncloa o en el Congreso la gratitud que una nación atribulada profesa a su salvador, sino el alivio coyuntural de una casta de desesperados al rescate de sus propios cargos. Qué mal lo han tenido que ver -qué mal lo siguen viendo- para que sus señorías acepten el papel de requetés de lista cerrada en semejante No-Do de posguerra.

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