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El primer periodo del gobierno de Nayib Bukele en El Salvador quedará escrito en la historia por varias razones: el rompimiento del bipartidismo que durante treinta años gobernó, ataques constantes al sistema democrático, y una pandemia que puso en jaque al país. Pero hay una constante que atraviesa la administración del “presidente más ‘cool’ del mundo” de cabo a rabo: la mentira. Bukele miente de forma compulsiva. Este texto disecciona un año de mentiras, desde las más grandes hasta las más pequeñas.

Bryan Avelar | Divergentes
@bavelarr

I. Promesas que acabaron siendo mentiras

San Salvador, El Salvador-. Nayib Bukele llegó a la presidencia de El Salvador el uno de junio de 2019 enarbolando una campaña de promesas que, hasta hoy, un año después, han sido mentiras. Llegó, por ejemplo, ondeando su promesa más popular de hacer que “los mismos de siempre”, los partidos que durante tres décadas gobernaron el país, “devolvieran lo robado”, y no ha cumplido.

Prometió transparencia, no solo en los resultados sino en los procesos que implica gobernar, y combatir la corrupción incluso dentro de su mismo gabinete. Y no ha cumplido. Prometió combatir el nepotismo y clientelismo político, prometió una Comisión Internacional Contra la Impunidad en El Salvador (CICIES) independiente y robusta como la que algún día tuvo Guatemala. Prometió colaborar contra la impunidad de las víctimas de la guerra civil, prometió respetar la democracia. Prometió. Y no ha cumplido. Lo irónico es que las promesas de Bukele no sólo cautivaron a El Salvador, sino a una Centroamérica que celebra las medidas tomadas por el mandatario, pese a que esconden un talante autoritario que tanto daño ha hecho a la región.

El primer año de gobierno del presidente “millennial” de El Salvador quedará escrito en la historia por muchas cosas: la ruptura del bipartidismo que durante treinta años gobernó el país desde finales de la guerra civil; el surgimiento de una nueva élite política, un desplome de la violencia homicida sin precedentes, y el establecimiento más evidente de políticas antiinmigrantes ordenadas directamente por el gobierno del presidente estadounidense Donald Trump. Pero hay un elemento que atraviesa de forma transversal los primeros doce meses del mandato de Bukele: las mentiras. Muchas de ellas estructurales, sobre procesos o formas de gobernar. Y otras, “pequeñas”, difundidas por el presidente.

Las mentiras de Bukele comenzaron antes de llegar al poder. Durante su campaña, por ejemplo, una de sus promesas más llamativas fue que en los primeros cien días de su gobierno traería al país al prófugo expresidente Mauricio Funes (2009-2014), artífice del desfalco más grande conocido en la historia reciente de El Salvador. Y prometió también que la justicia – aunque no estaba en sus manos– lo haría devolver los $351 millones que la Fiscalía lo acusa de haber robado. Pero pasaron los cien días – un tiempo límite que nadie más que él mismo se impuso– y la promesa no se cumplió. De hecho, Funes sigue gozando de libertad en Nicaragua, gracias al asilo y posteriormente la ciudadanía que le otorgó la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo.

Un año después de aquella promesa, en internet circulan videos en los que se ve a Funes tranquilo, comprando una pala en algún mercado de Nicaragua. También circulan fotos de él comprando en supermercados o posando en algún puerto con la mirada dirigida al mar. Y mientras tanto, Funes sigue burlándose a diario de los salvadoreños a través de su cuenta de Twitter.

II. Un gobierno en familia

Una vez llegó al poder, Bukele siguió mintiendo. Horas después de asumir la presidencia, dio su primer gesto de anticorrupción: desmantelar la “fábrica de empleos” que durante diez años construyeron los dos gobiernos del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), el partido de izquierda. A través de Twitter –como es costumbre suya–, Bukele ordenó destituir a decenas de familiares que habían enquistado el nepotismo en el órgano Ejecutivo. Pero al mismo tiempo llenó al gobierno de familiares, amigos y socios suyos. Solo que eso último no lo tuiteó.

Tras ser electo el tres de febrero de 2019, Bukele mantuvo en secreto el proceso y resultado de la elección de su gabinete. Durante meses argumentó que el secreto se debía a posibles críticas de la prensa. “Al saberse (los medios) van a empezar a ver quién se divorció, si fumó marihuana, o si lo arrestaron…», empezarían a buscarles lo malo, dijo.

Pero llegado el día de la toma de posesión, los nombramientos ya no tuvieron disimulo. Poco a poco fue revelando a decenas de funcionarios que tenían un pasado en común: todos eran de su círculo cercano. Entre ellos, por ejemplo, nombró a su hermano, a su tío, a la ex cuñada de su esposa, a sus dos compadres; pero también a ex empleados suyos, como el ministro de Obras Públicas, quien fungió como gerente de Global Motors S.A. de C.V., la empresa más exitosa de la familia Bukele.

Meses más tarde, se conoció que Bukele gobierna en clan. A su lado, como principal mentor y consejero tiene a su hermano menor Karim Bukele, y como enlace entre la presidencia y la empresa privada del país a su otro hermano, Yuseff. Y como líder de su partido, Nuevas Ideas, puso a su primo, Xavier Zablah.

Aquella promesa de combatir el nepotismo al llegar a la Presidencia fue mentira.

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